
“Nadie cuestionará el dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental nunca más”: esa fue la conclusión del Donald Trump del ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro. Pero quien más cuestiona ese dominio es el propio Trump, quien amenaza ahora a México, Colombia y Dinamarca. La acción militar es, en efecto, un punto de inflexión. Pero no cierra nada. Es, al contrario, el comienzo de una nueva etapa. Y esa, no les va a gustar nada a los gringos.
La información sobre la operación militar estadounidense en contra de Venezuela ha venido surgiendo a cuentagotas, en medio de un océano de fake news, fanfarronería barata y rumores. El gobierno de Cuba informó sobre la muerte de 32 combatientes de ese país, que cumplían una misión de apoyo a Venezuela, en el bombardeo y el asalto a instalaciones militares en la madrugada del 3 de enero.
En total, más de 80 personas, entre efectivos militares y civiles, fueron víctimas de la agresión. Su suerte es ignorada por los medios internacionales y es omitida en las declaraciones oficiales de gobiernos y diversas instituciones sobre los hechos.
Prevalece el relato manufacturado del éxito abrumador de la misión bélica y de su prenda de triunfo, el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores.
La ausencia de resistencia eficaz ante el ataque ha inducido a la elaboración de las llamadas teorías conspirativas. El tema común: habría existido un acuerdo para “entregar” a Maduro entre la dirigencia del régimen venezolano y Washington.
Esas teorías no se equivocan en suponer la existencia de conspiraciones secretas. Esas siempre existen en estas materias.
Fallan en otra cosa, más elemental, más lógica. Toman las conclusiones de un hecho como si fueran, también, las premisas.
¿Qué explica el hecho insólito -se preguntan muchos- de que el jefe de Estado de una nación bajo asedio y amenaza de guerra inminente haya sido tomado prisionero, pese a las ingentes medidas de seguridad que la situación ameritaba?
¿Cómo, después de ese golpe, los agresores declaran que ahora “negociarán” -a su modo, bajo amenaza de muerte- con los representantes del mismo Estado que atacaron?
Las respuestas son, en efecto, inquietantes y difíciles. Pero no entrañan un pacto secreto, como muchos quieren hacer creer, sobre todo en Washington y otras capitales.
Las negociaciones con Washington
El hecho concreto es que el gobierno venezolano ya estaba involucrado desde hace años en negociaciones con Estados Unidos.
Bajo la administración del presidente Joseph Biden, se cerró un acuerdo que establecía una paulatina normalización política en Venezuela y el levantamiento del bloqueo a las exportaciones del petróleo que incluiría el otorgamiento de concesiones y contratos a compañías estadounidenses.
Otro punto importante que debía resolverse era reestructuración de la deuda externa venezolana y la liberación de sus activos financieros que habían sido incautados en Estados Unidos, el Reino Unido y en varios países europeos.
Este proceso se inició luego del enésimo fracaso de las iniciativas golpistas en Venezuela, que prodigaran al mundo al inefable “presidente legítimo” Juan Guaidó y la amenaza de una “intervención humanitaria”, luego de una, así se esperaba, ruptura interna en el aparato militar venezolano.
Aquellos planes se esfumaron en el aire, junto con centenares de millones de dólares destinados al proyecto. Una buena parte de ese dinero apareció en los bolsillos de los más connotados jefes de la “oposición democrática”.
El acuerdo entre Washington y Caracas, entre Biden y Madura, tras negociaciones realizadas en Qatar a fines de 2023 y en 2024, preveía un levantamiento al bloqueo económico a Venezuela y un proceso político y electoral pacífico. Ese adjetivo significaba que la oposición aceptaría un resultado adverso en las elecciones y que el chavismo, en caso de perder, entregaría la dirección del poder ejecutivo a un candidato opositor que respetaría la constitución del país y los fundamentos básicos del régimen.
Washington no cumplió con su parte de los compromisos.
Las sanciones no fueron levantadas. La situación económica en Venezuela continuó en un estado crítico. Sin la posibilidad de vender petróleo en los mercados abiertos y, en particular, a Estados Unidos, que posee las refinerías para el tratamiento del crudo pesado que se produce en Venezuela, el país no podría salir de su crisis económica que, entre otros factores, había causado un daño exponencial en la propia industria petrolera. La falta de inversiones y de mantención de los pozos y equipos impiden que Venezuela pueda aumentar, en algún momento, la producción de hidrocarburos en un plazo breve.
La oposición interna tampoco cumplió con su parte.
En este caso, con un acuerdo suscrito en Barbados en 2023. Allí, los principales partidos anti-chavistas y el gobierno se habían otorgado garantías mutuas para una competencia electoral limpia, el reconocimiento de los resultados y la rápida autorización de las candidaturas presidenciales, “siempre que cumplan con los requisitos establecidos para participar de la elección presidencial”, como rezaba el texto.
Pero exactamente eso fue lo que hicieron: proclamaron a la jefe del sector más derechista de la oposición, contraria a los acuerdos suscritos e inhabilitada para cargos públicos, María Corina Machado.
La razón de la descalificación de Machado era que había llamado a Estados Unidos a… invadir a Venezuela.
A último momento, pusieron en su reemplazo a un anodino señor, Edmundo González, como candidato “galleta”, proclamándolo inmediatamente como ganador anticipado de los comicios.
A pesar de las señales evidentes de que las garantías acordadas no se cumplirían, el gobierno de Maduro continuó con el proceso electoral, sólo para enfrentarse en el día de las votaciones con un desastre político y un nuevo intento de golpe.
El régimen logró imponerse, pero sufrió un costo diplomático y político. Perdió el apoyo de Brasil, resurgieron las tensiones con Colombia, cuyos gobiernos exigían que se entregara el poder a los golpistas. Al mismo tiempo, se intensificó el bloqueo económico y los llamamientos a una intervención extranjera.
Confiar en el imperialismo
Así las cosas, la estrategia política del gobierno de Maduro parecía haber llegado a un punto de definición. En el plano interno, las medidas de ajuste y de dolarización demostraban que vastos sectores de la población se alejaban del movimiento chavista. Y en el ámbito internacional, el afán de persistir en una salida negociada con Estados Unidos seguramente habría demostrado su futilidad.
Sin embargo, el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca cambió fundamentalmente las cosas. El gobierno de Maduro lo vio como una oportunidad para retomar las negociaciones frustradas.
En Caracas habían tomado nota de que, por ejemplo, el nuevo presidente estadounidense había roto con el principal promotor del fallido golpe -otro más- de 2019, John Bolton, entonces asesor de seguridad nacional. De hecho, Bolton es hoy perseguido por varios delitos por el Departamento de Justicia de Trump, quien declaró en su momento que, si hubiese sido por Bolton, “ya estaríamos en sexta guerra mundial”.
Adicionalmente, la nueva administración no actuaría, como ocurrió con Biden, en conjunto con las potencias europeos. Eso simplificaría notablemente las cosas: el intento de golpe de 2024 había sido digitado con el apoyo varias capitales europeas y sudamericanas, mientras que la postura de la administración Biden había sido bastante más distante.
Pero, sobre todo, el gobierno Maduro entendía que la política de Trump se orientaría a fortalecer la posición económica de Estados Unidos frente a la competencia china. Y, en ese sentido, el acceso al petróleo venezolano significaría una ventaja estratégica para los norteamericanos.
Así, se le podría ofrecer un pivot de Beijing (o el puerto de Qingdao, para ser más precisos) a Washington (o Galveston, Texas).
Es decir, lo mismo que ya había fracasado, se intentaría nuevamente,
Todo el año 2025, entonces, estuvo marcado por esas negociaciones a las que sumaban las amenazas, primero, y las agresiones directas, después.
¿Por qué, entonces, Estados Unidos pudo realizar su sangriento ataque con tanta eficacia?
Los motivos no pueden radicar en complicadas maniobras, alambicadas conspiraciones e improbables traiciones.
La razón más directa y simple es probablemente (aunque no necesariamente) la verdadera, como ya lo enseñaba Guillermo de Ockham, que para eso tenía su famosa navaja.
Si el planteamiento estratégico del gobierno de Maduro radicaba en encontrar una salida negociada con Estados Unidos, lo que sigue es que todas las medidas de respuesta, de preparación e incluso de alerta ante las provocaciones armadas y de guerra psicológica serían vistos como un detrimento a ese proceso de negociaciones.
A ese criterio se sumaba la idea de que en la cúpula estadounidense existirían divisiones entre el grupo encabezado por Marco Rubio, perteneciente a la mafia cubana de Miami, y sectores “nacionalistas”, que serían contrarios a las intervenciones extranjeras.
El alistamiento de las defensas militares, según este razonamiento, y que es el que prevalece en Caracas, sólo le “haría el juego” a las tendencias pro-invasión.
Por eso, el gobierno venezolano pasó, en sus medidas internas, rápidamente de la movilización de las milicias a la demostrativa celebración de la -extendida- Navidad, los recitales y los masivos paseos a la playa; el propio Maduro envainó la espada de Bolívar para demostrar sus dotes en la música urbana (“Peace! No war!”).
La agresión del 3 de enero
Cualquier ataque, aun el más anunciado, es siempre sorpresivo. Quien lo efectúa, tiene la iniciativa. Es decir, decide cuándo, cómo y dónde actúa. El que defiende carece de esa capacidad. Depende, al contrario, de su preparación.
En este caso, sin embargo, las medidas necesarias para la preparación eran consideradas políticamente ofensivas, aunque fueran defensivas en su faz militar.
Los venezolanos no pueden ignorar que la doctrina estadounidense parte del supuesto de emplear una fuerza abrumadora y rápida para “decapitar” y destruir la capacidad de funcionamiento del mando contrario.
Pero, aun así, se omitieron las medidas necesarias de preparación, con el fin dar una señal de que el gobierno estaba comprometido con las negociaciones con Estados Unidos, que contaba, a su vez, con información relevante sobre los movimientos del presidente Maduro y las disposiciones militares venezolanas.
Y esa la razón básica del éxito del ataque, que duró el tiempo necesario para secuestrar al mandatario y a su esposa. Los jefes yanquis omiten, por supuesto, el hecho elemental que, una vez agotada la sorpresa inicial, el cuadro habría cambiado, y sus costos habrían sido considerablemente mayores.
Los medios aéreos estadounidenses cuentan con avanzados mecanismos para neutralizar los sistemas de detección y comunicaciones anti-aéreas, pero su utilidad no es permanente ni total.
La completa ausencia, hasta donde se sabe, de fuego dirigido en contra de las naves invasoras no demuestra que las armas y sistemas anti-aéreos “no funcionen”, como se ha dicho, sino que el personal que debía operarlos no estaba en alerta, que las reglas de combate eran demasiado restrictivas, y que, en medio de la confusión, no se emitían la información y las órdenes necesarias.
Los efectos de esas decisiones fueron desastrosos para Venezuela. Pero se da la paradoja de que la capacidad defensiva de sus fuerzas armadas se mantiene intacta. El golpe es eminentemente político, no militar. En ese sentido, se puede suponer que la sorpresa de la operación se vio facilitada por un engaño, también político, de los interlocutores estadounidenses con el gobierno venezolano.
O sea, otra promesa incumplida.
“Manejaremos el país”
La consecuencia inmediata del secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue reconocimiento, en boca del propio Trump, de la incapacidad de Estados Unidos de derrocar al régimen venezolano. El presidente estadounidense, desde luego, lo expresa con su habitual fanfarronería: “we will run the country” – nosotros vamos a manejar el país.
En los hechos, sin embargo, todo sigue igual.
Siguen las mismas negociaciones sobre el petróleo, en lo que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, llamó la continuación de la “agenda de cooperación” con Washington propuesta por Nicolás Maduro.
Y esta ya muestra resultados.
Trump anunció que permitiría la importación de 30 a 50 millones de barriles de crudo venezolano a Estados Unidos, aproximadamente la producción de dos meses: “el petróleo será comercializado a precios de mercado y ese dinero será controlado por mí, como presidente de los Estados Unidos, para asegurar que se use en beneficio de los pueblos de Venezuela y de Estados Unidos”.
Trump envuelve en el lenguaje del feudalismo, con sus tributos -censos y rentas, gabelas y laudemios, servicios de trabajo, o las llamadas banalidades, el pago por el uso obligatorio de las instalaciones del señor, como molinos u hornos- lo que es la normalidad del capitalismo: las naciones dominadas “entregan” –“turn over”, como dice Trump- sus recursos naturales a las potencias imperialistas que, en efecto, “controlan” ese dinero y como se usa… a través de los mercados financieros.
Lo chistoso es que ese “nuevo” arreglo es el mismo que prevaleció hasta que los propios Estados Unidos se negaron a recibir el petróleo venezolano y pasaron del “control” de los ingresos del petróleo a, simplemente, robarse los activos financieros y bienes del Estado venezolano.
Este viernes, Trump citó a los CEOs de las grandes petroleras estadounidenses a la Casa Blanca para ver cómo implementan este famoso plan.
Estados Unidos también hizo pública una concesión: dejó fuera de juego a la flamante Premio Nobel, María Corina Machado y a su sector político. Eso significa, en la práctica, un mensaje a los países europeos que pasaron a aupar a la golpista, a que no se metan en estas tratativas.
“Doctrina Donroe”
El ataque a Venezuela ocurre poco después de la publicación del periódico documento de estrategia de seguridad nacional del gobierno estadounidense. En él, se reivindica la llamada doctrina Monroe y su “corolario Trump”, o sea, la “doctrina Donroe”, según lo acuñó el gobernante.
En su versión actualizada, significaría el “dominio” de Estados Unidos sobre lo que ellos llaman el hemisferio occidental, es decir, la totalidad del continente americano. Nuevamente, las ideas de Trump toman una forma anacrónica, del primer imperialismo colonial, de los siglos XVIII y XIX. Así, las naciones del continente deben “comportarse bien” y “entregar” sus recursos a Estados Unidos, y excluir a sus “adversarios”, China o Rusia.
De lo contrario, pues… les va a ir como a Maduro. Ese es el mensaje, que ya se remitió a México, Colombia y… Dinamarca, que, incidentalmente, ejerce su propio “dominio” sobre Groenlandia, en el extremo norte del continente.
Si se traducen las efusiones de 1823 de John Quincy Adams, el verdadero autor de esa política, y del presidente James Monroe, a lenguaje contemporáneo, las cosas se vuelven más complicadas.
Con el petróleo, la expoliación imperialista no ocurre bajo la forma de tributos, sino como resultado de una relación comercial entre partes iguales, refrendada por contratos garantizados por la ley, en este caso, el vapuleado derecho internacional.
Y el dominio imperialista sobre sus neo-colonias y semi-colonias y países dependientes, no toma la forma de territorios de ultramar, protectorados o anexiones, sino que ocurre bajo las normas de ese mismo derecho internacional, de un orden mundial “basado en reglas” y la vigencia de los derechos humanos, el respeto a la soberanía y a la democracia.
El problema del imperialismo estadounidense, no el del siglo antepasado, sino del actual, es que su dominio político ha de traducirse en una ventaja económica, la obtención de recursos naturales baratos y la apertura de mercados caros para sus productos elaborados. Y en la medida en que la búsqueda de esa ventaja se ha vuelto más difícil, debe competir por ella en todo el mundo.
Y es allí donde Estados Unidos ha comenzado a flaquear.
Resolver la contradicción
Los habituales observadores autorizados se han mostrado prolíficos en afirmaciones tajantes en estos días: el fin del orden de la posguerra, el fin del derecho internacional, el establecimiento de un mundo basado en esferas de influencia.
Al igual que el famoso Francis Fukuyama, que vio en 1989 “el fin de la historia”, llegan entero prendidos cuando la fiesta ya se está acabando.
Lo que el ataque a Venezuela atestigua no es que el mundo se ordene ahora en grandes bloques regionales -China en Asia, Estados Unidos en el continente americano, Europa en… ¿Europa? ¿y África? ¿la India? ¿o Rusia?- sino que ese esquema, que se fue formando durante las últimas tres décadas, está en medio de una crisis sin solución.
La estrategia, si se puede llamar así, de Estados Unidos, delineada en sucesivos documentos oficiales, incluyendo el reciente de Trump, es impedir el ascenso de China como la mayor potencia económica del mundo. Para ello, prevé -y lo plantea abiertamente- la necesidad de una guerra o de un conjunto de guerras. Y calcula que, en el lapso de una década, el enfrentamiento será inevitable, porque, de lo contrario, China habrá sobrepasado a Estados Unidos.
El “dominio” estadounidense sobre América Latina, el Caribe, Canadá y Groenlandia, o sea, América, y sobre las principales vías de navegación, Sudáfrica, el Cabo de Hornos, el canal de Panamá, el de Suez, y el Mar Rojo, ha de asegurar las condiciones para ese enfrentamiento.
Se trata de un plan imperialista que, en efecto, rompe con el orden de la posguerra… ¡porque vuelve a las concepciones previas a la II Guerra Mundial!
Hitler creía que, en medio de la crisis mundial, la única salida para el imperialismo que él preconizaba estaba en la conquista de “espacio vital” en el Este de Europa, en Rusia, o Ucrania, para ser más precisos.
Para ello, debía vencer primero a Polonia. Pero para lograr eso, también debía someter a Francia, lo que llevaba, muy a su pesar, a que, junto con Italia, debía controlar Yugoslavia y Grecia. Una vez hecho eso, era necesario que Inglaterra se quedara tranquila con su imperio y no se metiera, porque si lo hacía, todo se iba al tacho de la basura. Además, era menester hacer completa abstracción de Estados Unidos, que se había convertido en la primera potencia del mundo y que era el principal acreedor financiero de Alemania. Y, ciertamente, había que olvidarse de que Rusia no era simplemente Rusia, sino la Unión Soviética, es decir, un país que funcionaba con un principio de sociedad distinto.
Hay quienes hoy dicen que los nazis eran “comunistas” porque no creían en el capital y en el mercado. No, los nazis sí creían en el mercado y defendían a muerte el capital, en contra de los comunistas. Lo que no entendían era cuál era el papel de su país en el sistema imperialista que el capitalismo engendraba. Digamos que no era el más importante. Y tampoco eran una raza superior, lo que queda muy de manifiesto con ciertos descendientes de la emigración alemana a nuestro país.
Las fantasías gringas de su dominio reflejan una confusión similar.
Trump quiere expulsar a China del continente americano. ¿Pero cómo los va a echar de Wall Street? ¿Ya se olvidó de cómo provocaron, con un par de telefonazos y tecleos en una terminal Bloomberg un derrumbeenlostítulos de deuda, así, sólo por jugar? Y si los echa, es decir, si impide que Perú y Chile les “entreguen” su cobre, Argentina y Brasil, su soya ¿Trump va a recibir todo eso y va a “controlar la plata”, que va a ser -el mercado es cruel- mucho, mucho, menos? Y más importante, si Estados Unidos se reserva a América para sí misma ¿será una buena idea que China se quede con Asia, quees, digamos, más grande?
La actual agresión yanqui es la expresión de esas contradicciones, mentales y materiales, de los dirigentes de Estados Unidos.
Trump logró llegar al poder porque prometió que, rompiendo con recetas fracasadas, iba a dar conducción, iba a detener el declive de Estados Unidos. Ha roto con varias recetas, pero no ha conducido nada. Mientras este martes esbozaba su plan para Venezuela, en el rebautizado Trump-Kennedy Center de Washington, ante los parlamentarios republicanos, les espetó que debían ver la forma de ganar las elecciones de noviembre próximo, porque, de lo contrario, le iban a hacer, de nuevo, un juicio político.
Eso lo tiene claro. Le queda poco tiempo
Esto recién comienza
El giro impreso por Trump a las políticas estadounidenses ha tenido una virtud. Ha acelerado los procesos de la crisis mundial del capital de manera mayúscula. La agresión a Venezuela, aunque signifique un revés moral, cumple esa misma función.
Mientras más habla de su “dominio” sobre el América, más avanza en lo que parecía, para la clase trabajadora, una tarea titánica y que muchos juzgaban imposible: llevar la lucha de clases a un escenario continental que va, en efecto, desde Nunavut hasta Magallanes, pasando, por cierto, a aquel enorme país del norte.
De golpe -pocos lo han asimilado aún- transformó el contenido de la lucha política en nuestras naciones. Mientras que, por estos lados, muchos siguen lamentando la “restauración conservadora”, el “giro a la derecha”, el “retroceso” de esto o de lo otro, se ha impuesto -¡al fin podremos usar la palabra de moda!- un nuevo clivaje: unademarcación que súbitamente borra todas las otras determinaciones políticas, toda la confusión y basura acumulada durante años.
El nuevo anti-imperialismo tiene ahora la tarea de barrer con todo; no podrá ser defensa del sistema ahora vulgarmente expuesto, no podrá aceptar limitaciones “democráticas” o “constitucionales”, y, al fin, podrá romper con soltura las barreras nacionales que han impedido el avance revolucionario.
Esto, de veras, es sólo el comienzo.
Seguiremos, querida lectora, estimado lector, desarrollando estas excitantes ideas en las próximas semanas y meses.
Mientras tanto, le agradecemos su atención a este asunto.
Últimas publicaciones
