El otoño de la guerra

La campaña de verano de la OTAN en Ucrania se acerca a su fin, Las fuerzas ucranianas están lejos de conseguir sus objetivos. Pero eso no significa que se abra la perspectiva del fin de la guerra. A pesar de todo, las potencias occidentales parecen decididas a mantener vivo el conflicto, con más envíos de armas, material y dinero.

Después de un año y medio de guerra, la OTAN no ha podido vencer militarmente a Rusia. El armamento, la logística y la capacitación en nuevos medios bélicos fueron incapaces de forzar la derrota o, a lo menos, la claudicación del enemigo.

El plan de la OTAN se basó en el supuesto de que Rusia sufriría un progresivo deterioro en sus capacidades humanas y, especialmente, en el área de la tecnología, en la que se vería sobrepasada por los modernos equipos occidentales. La bullada contraofensiva de las fuerzas ucranianas, más que la conquista de zonas específicas, buscaba forzar un debilitamiento general de la potencia militar rusa.  

Sin embargo, ya queda claro que la información de inteligencia careció de una actualización adecuada y de fallas de apreciación. Además, hubo otras variables que se ignoraron.

Por ejemplo, con respecto a los recursos humanos, no se tomó en cuenta a la milicia del Donbas que había estado en guerra por cerca de ocho años y que rápidamente se integró como vanguardia del ejército profesional. Tampoco se vislumbró la entrada en combate de fuerzas como el grupo Wagner. Y, ciertamente, se subestimó la capacidad rusa de engrosar su ejército con el ingreso de voluntarios enrolados para ir al frente de guerra, muchos de ellos con experiencia combativa real.

El área más débil, durante mucho tiempo, en el lado ruso ha sido el mando. En ese plano, se evidenciaron fallas en la velocidad en la toma de decisiones, falta de planificación en los escenarios de guerra, mínima inclusión de lo operacional en los frentes de batalla, además de lastres políticos que perjudicaron el trabajo militar.

Aun a pesar de esto, la tecnología rusa salió en ayuda del contingente militar. El armamento antitanque demostró su valía en manos expertas, los drones de observación, de ataque y merodeadores usados en Siria sobresalieron en el campo de batalla, eliminando material blindado.

Los equipos de intercepción electrónica y el armamento antiaéreo usado en Libia mostraron los ajustes hechos en el conflicto. Y, por último, el sistema de misiles de corto y largo alcance, capaces de llevar munición normal o atómica, mostró también su superioridad.

Por el lado ucraniano, las fallas notorias se deben a las debilidades de mando en el nivel táctico y estratégico, que fueron compensado con “asesores” de la OTAN y tropas de mercenarios. Los especialistas occidentales debieron concluir que el manejo de material militar de última generación requiere de un entrenamiento prolongado y de preparación exhaustiva. Los cursos acelerados para los operadores ucranianos y la improvisación no sirven.

La mayor característica del esfuerzo bélico ucraniano, en tanto, son las bajas exorbitantes que imponen sobre sus efectivos las operaciones decididas por los mandos. Estas alcanzan tal magnitud que en cualquier otro conflicto hubiesen llevado a declarar la derrota. Sin embargo, la máquina de guerra de la OTAN se mantiene en marcha, a pesar de los sacrificios.

Este conflicto ha mostrado que las guerras entre beligerantes con ejércitos regulares expanden el campo de batalla hacia otros países e, incluso, continentes. También escala el uso de armamento, que sube de nivel tecnológico, letalidad y, por supuesto, costo, en la medida en que no se alcanzan los objetivos específicos.

Como sabemos el conflicto no sólo es militar; también es político. Esto ha significado una oleada de sanciones económicas en contra de Rusia, que buscan destruir su sistema económico. En persecución de esa meta las potencias occidentales han creado un sistema alianzas, mediante el cual buscan respaldo y legitimación para la guerra.

Este conflicto ha mostrado la posibilidad patente de que cualquier país, puesto en una situación similar, sin importar su calificación o tamaño, sea atacado de esta manera y destruido. Lo que para la “guerra global contra el terrorismo” fue una alianza casi mundial, hoy, con la “guerra contra Rusia” se transformó en la asociación de países de Europa más Estados Unidos y otros satélites, que sólo reflejan la depredación de los recursos, la amenaza militar, la cooptación de los organismos mundiales de toda índole, en definitiva, el imperialismo en su más vasta extensión.

Lo que se vislumbra para el futuro es prosecución de la guerra. Rusia debería aprovechar a hacer avances que indiquen a occidente la necesidad de negociar o perder más territorio. Por el otro lado, Ucrania apuesta a seguir escalando en armamento, lo que puede presentar un escenario dantesco si no se paraliza la guerra. Todo esto dependerá de la proximidad de las elecciones en Estados Unidos.

La perspectiva sigue siendo que, si gana Rusia, pierde Europa y se debilita Estados Unidos. Lo que resta es sólo una salida diplomática, negociada, en que las pretensiones nacionalistas del régimen, sin embargo, serán las principales perjudicadas.