El truco más viejo

Las manifestaciones en contra de los inmigrantes venezolanos en Iquique reflejan cómo la crisis en la que está sumergido nuestro país puede ser manipulada por intereses espurios. Los responsables se esconden, como siempre.

Algo bueno tiene la llegada de centenares de inmigrantes venezolanos a Iquique: los canales de televisión pagan turnos de fin de semana y horas extra para mostrar sus consecuencias. Un reportero de Televisión Nacional declaró, ante el paso de mil o dos mil manifestantes, que Iquique estaba viviendo “la mayor marcha de la historia”. Otro cerró la perorata de un pobre, con perdón, pajero, que quería ver muertos, “como lo hizo mi general Pinochet”, con la inigualable expresión “muy amable, muchas gracias”.

Cómo no van a agradecer, si les están haciendo el negocio.

No es primera vez, por supuesto, que se realizan este tipo de marchas. Una manifestación ocurrida el año pasado impactó al mundo entero a través de la imagen de cómo uno de los ciudadanos indignados lanzó un coche de guaguas a la hoguera.

Posiblemente, el primer ensayo de esto ocurrió en 2013, en Antofagasta. En esa época, una gran cantidad de inmigrantes, sobre todo colombianos, se habían comenzado a establecer en el centro de esa ciudad. Trabajaban en el comercio callejero, se juntaban, incluso, algunos arrendaban locales y levantaban sus negocios. Música fuerte, arepas, gritos. El llamado a una marcha para rechazar su presencia tuvo amplio eco en los medios de comunicación. Toda la ciudad hablaba de la marcha, a favor o en contra. Al final, fueron como siete personas.  

En Iquique, también todos hablan de los migrantes. Diariamente llegan nuevos contingentes, y cada día, otro grupo se va; muchos, más al sur.

El gobierno culpa a Maduro de la ola migratoria a Chile. Pero si se considera que todos los que ingresan provienen, no de Venezuela directamente, sino de otros países, bien podrían culpar a Duque o Lasso o Castillo o Arce. O Piñera podría culparse a sí mismo. No por haber invitado a los venezolanos opositores a venir a Chile en 2019, sino por permitir que ingresen ahora, en medio de las restricciones de la pandemia, diariamente, centenares de personas, a vista y paciencia de Carabineros y de las fuerzas militares en una de las zonas más vigiladas del territorio nacional.  

La inmigración es descrita por muchos como si fuera un fenómeno natural; avanza en olas, irresistiblemente. La verdad es que, así como hay factores económicos y políticos que llevan a mucha gente en el mundo a querer abandonar sus países, también hay razones políticas y económicas, pero distintas, para que, finalmente, ingresen a ciertos países… y en ciertas condiciones.

Y esas condiciones, actualmente, en Chile, son miserables. Y eso no es casualidad.

Es cosa de pensar un poco.

¿Por qué Carabineros no dudaría ni un instante en devolver un bus regular con “turistas” en un paso fronterizo? Que el C-19, que el PCR, que el pasaporte vencido, que los papeles de antecedentes, que la visa, que está cerrado…

Y entonces ¿por qué tampoco duda en dejar pasar a esos mismos migrantes si hacen el mismo recorrido, pero a pie, por el desierto?

¿Por qué, durante el período de toque de queda, los militares impedían a los pobladores aimaras de la zona fronteriza cruzar a Bolivia, pero cerraban los dos ojos cuando extranjeros hacían el camino inverso?

¿Por qué los venezolanos que llegan a la primera ciudad en su trayecto, Iquique, viven en la calle o en la playa, en circunstancias lesivas para su salud, integridad física y dignidad, y en desmedro, sí, del “orden público”, y a Carabineros no le importa? ¿Y por qué, en cambio, a cualquier curadito o marihuanero que pillan por ahí lo molestan, corretean o se lo llevan a la comisaría?

¿Por qué -esto fue lo que encendió la agitación de ahora- si un chileno le para los carros a un paco, arriesga una golpiza, frente a un grupo de extranjeros, los mismos policías se muestran pasivos y timoratos?

Como que es a propósito.  

En efecto, lo es. La inmigración, contrario a lo que dicen los liberales, no es un derecho de los migrantes. Es una facultad de quienes emplean su fuerza de trabajo. Los que manejan los “flujos” y las “olas” de extranjeros, son los que los usan para aumentar la explotación de los trabajadores.

Y, ahora, en esta coyuntura, les toca a los que pueden ser empleados en los trabajos peor pagados, en las temporadas, en cualquier cosa. La condición es que sean pobres y estén desesperados. Lo más desesperados posible.

Recordemos que, gracias a la fuerza de la clase trabajadora, conquistada a partir del levantamiento popular de 2019, muchos pudieron, por primera vez desechar o abreviar los empleos precarios y de miseria. Esos trabajadores tenían sus retiros, tenían sus IFE. La correlación de fuerzas, por decirlo de algún modo, se había modificado. Por eso, los empresarios agrícolas y otros lloraban desconsoladamente de que “no podían encontrar” empleados.

O sea, de encontrar, los encontraban. Pero debían pagarles más.

Y ¡zas! cuando en toda América nadie viajaba, todas las fronteras estaban cerradas, nada se movía, comienzan a llegar a los migrantes.

Demasiada la coincidencia.

Las escenas de Iquique del domingo y lunes, con sus comerciantes, dueños de restoranes, camioneros, paquistaníes de la Zofri, milicos en retiro, contratistas, oficinistas, fachos varios, en suma, con toda su gloriosa pequeña burguesía indignada, asustada y guiada cuidadosamente por Carabineros de Chile, son el truco más viejo de los explotadores y saqueadores.

Control de orden público

Quieren, aparte de ganar plata a costa de otros, dividir, confundir, manejar, manipular a los trabajadores.

Y debe haber habido de ellos, también, en la famosa marcha, debe haber habido alguna gente decente. Y tendrán sus razones.

Pero esos son los que cayeron redonditos en la trampa. Mientras ellos desfilan con sus pitos y banderas negras contra esa “gente sucia y mala”, hay otros, que sí tienen baño, agua caliente, cama, techo y comida de sobra, que lo ven por TV y se ríen de los chilenitos que logran engañar. Esos, los que están ocultos, son los malos, los que usan a las personas para explotarlas.

Nadie les dice a los iquiqueños que deben quedarse quietos ante los abusos, la delincuencia, la corrupción, las postergaciones y las acuciantes necesidades. Pero no hay que hacer causa común con los causantes de esta situación.

Al revés, hay que movilizarse, hay que parar la ciudad, hay que levantar las demandas del pueblo. Lo malo de eso: los pacos no van a ayudar mucho. Lo bueno: así se logran las soluciones. Y, de paso, uno no queda como huevón.