El juego del calamar ¿sátira o drama distópico?

La serie surcoreana de la plataforma Netflix es un éxito mundial. Suma más de 111 millones de cuentas alcanzadas, cientos de artículos de opinión en internet, y es tema recurrente en redes sociales.

La trama de «El juego del calamar» bien podría producir un remake al estilo «chilensis». Imaginen. El protagonista ya no se llamaría Gi-hun, sino Luis, o Juan, o José. Estaría desempleado, lleno de deudas, separado de su mujer, con la amenaza de perder a su pequeña hija, sin dinero para apoyar a su madre anciana, cuya pensión de la AFP no le alcanza para vivir. Ella debe seguir trabajando, mientras la diabetes hace estragos en ella, y el sistema de salud chileno la tiene en lista de espera para una operación. A nuestro buen Gi-hun, lo habrían despedido de una fábrica en bancarrota, cuya huelga final los pacos habrían reprimido causando la muerte de su compañero de trabajo. Para mayor fatalidad, al Gi-hun chileno también le gustarían las apuestas. En ese escenario, la invitación a participar de un juego mortal del cual, si es que vences puedes salir millonario es una oferta que nuestro protagonista no puede rechazar.

Más o menos así va la historia. En «El juego del calamar» se suceden una tras otra escenas de una violencia inusitada, surrealista y sin sentido. Pero, la serie obliga a sus protagonistas y a nosotros mismos a preguntar: ¿no es así la vida diaria de millones de hombres y mujeres que viven angustiados por llegar a fin de mes y cubrir sus necesidades? ¿Sin más derecho que a vender en el mercado lo único que aun les pertenece, la vida? Sin ánimo de pontificar contra las miserias del capitalismo que todos conocemos, y ya que últimamente está tan de moda hablar de «violencia». Es justamente este punto en El juego del calamar, lo que subraya su mayor atractivo. El mundo diario es violento, corrupto, cruel, irreal. ¿De qué pueden quejarse los desesperados jugadores del juego del calamar, si se les ofrece la posibilidad de burlar el destino brutal al que son ofrecidos en el altar del dios Mammón?.

Esta serie surcoreana, éxito mundial, es reproducible en modo latino o en modo africano. O como remake de casi cualquier país. Y eso pasa porque el común denominador se llama capitalismo. Y al igual que la película de Bong Joon-ho, «Parasite» que se llevara el Oscar el 2019, lo que hace es reflejar los efectos que produce esa sociedad capitalista postindustrial: desigualdad, pobreza, desesperanza.

Lo mismo que Chile, que mucho antes del levantamiento, había acuñado el término de «jaguar latinoamericano», Corea del Sur es conocido como uno de los «4 tigres asiáticos». El «milagro del río Han» llevó a este país, desde una renta per cápita de 82 dólares que la situaba por detrás de una larga lista de países empobrecidos como Ghana o Senegal, a ser hoy por hoy, una de las principales economías del mundo en el transcurso de unas pocas décadas. Tras esa fachada, sin embargo, y lo mismo que en Chile, las burguesías esconden un infierno para millones de compatriotas. Un infierno de desempleo, salud, educación, o vivienda insatisfechas. Vejez y niñez en el abandono y un largo etcétera de penalidades.

En paralelo, en Corea del Sur, frente a millones de trabajadores que luchan por sobrevivir, existe una burguesía, constituida por un puñado de familias ricas, que usufructúa de sus privilegios. La economía coreana funciona sobre la base de los chaebol, similar a los grupos económicos chilenos, se trata de empresas que no tienen escrúpulos a la hora de coludirse para obtener los réditos de un monopolio. La corrupción está a la orden del día. De botón de muestra está la firma «Samsung», cuyo director general, Lee Jae-yong, salió de la cárcel en agosto de 2021 tras cumplir solo la mitad de su condena de dos años por soborno y malversación de fondos. Un poco más, que las clases de ética a la que están acostumbrados nuestros empresarios coludidos para defraudar un supuesto principio básico del capitalismo: la libre competencia.

En esta trepidante serie, cuya factura nada debe envidiar a las series hollywoodenses, se plantean las profundas contradicciones del sistema y sus efectos en la vida de los seres humanos, no sólo en términos puramente materiales, las carencias de la vida diaria, sino también en los aspectos morales. Y esta es una las facetas más interesantes que se presentan veladas tras la surrealista violencia. Los valores de la amistad, el amor filial, la solidaridad con quien sufre, el apego a las tradiciones, la lealtad, el acto de heroísmo desinteresado en beneficio del otro, en oposición a los antivalores del capitalismo.

«El Juego del calamar», a pesar que basa su éxito en criticar al sistema, está generando suculentos réditos para la plataforma de streaming y para sus creadores, que ya se anunciaron una segunda temporada. No se trata de ninguna paradoja. Así funciona el asunto finalmente. No podemos negarlo.

Como sea, es claro que en Corea del Sur no todo lo que brilla es oro. Lo mismo que en Chile, no se trata de ningún oasis. Fantasía o no. «El juego del calamar» se ha ganado su sitial en el top de series del mundo porque sintetiza con una ingeniosa propuesta de sátira, lo que cualquier mortal que marcha en las filas de los asalariados comprende. Mientras vivamos en este mundo, esencialmente violento, somos sacrificables.