El mito de la violencia

“La violencia” es, hoy por hoy, el gran tema y, por lo visto, el gran temor de los burgueses, que se acusan mutuamente de instigarla. Parece curioso, si se considera que el hábito de ejercer la violencia le pertenece enteramente a esa clase social.

Hay, todavía, lugares en que el pensamiento y las preocupaciones de la clase burguesa se presentan, por así decirlo, sin filtro o sin inhibiciones. Y ese lugar es la página de cartas al director de “El Mercurio”; el resto del diario, la verdad, ya no pesa mucho y pocos lo leen, excepto cuando hacen homenajes a los jerarcas nazis.

Cuando se consulta aquella sección de las cartas -quizás, agregando, si se tiene paciencia, la página siguiente, redactada por el comité editorial y columnistas cercanos a la casa- fácilmente podríamos llegar a la conclusión de Chile es la antigua Roma, con los bárbaros a la vista. Y sus aristócratas, ya rendidos, se culpan de quién permitió su avance sobre la urbe y quiénes les abrirán las puertas.

La pelea se resume fácilmente: una parte de los burgueses no “condena” con suficiente claridad “la violencia”, “ciega” e “irracional”, ejercida por “hordas” que “destruyen” “todo a su paso”.

Incluso un ministro del gobierno de Piñera advirtió que, bajo ciertas circunstancias, esa violencia puede “ascender” y destruir no sólo “cosas”, sino “también personas”.

Los lamentos de una parte de estos señores son muchos: la destrucción patrimonial; los costos económicos de “las Pymes”; la renuncia al principio de que, en una democracia, los conflictos se resuelven pacíficamente; y la humillación de un Estado que no se decide a aplicar “mano dura”.

La otra parte pide que se hagan distinciones entre “vándalos” y “manifestantes pacíficos”; que se puede comprender, pero nunca justificar, cierta violencia en 2019, pero que, dos años después, ella no puede ser ni comprendida ni justificada. Muy conveniente.

Lo curioso es que ninguno de ellos nunca responde a la pregunta de qué es la violencia.

Más que curioso, sospechoso.

Se refieren a ella como algo obvio: lo que trajo “el estallido”: barricadas, desobediencia y ataques a la policía, quema de iglesias, saqueos a locales comerciales.

Por lo visto, entonces, la violencia no conoce otras formas y, aparentemente, no existió antes.

Aunque los burgueses admiten una salvedad: existe también una violencia que no es directamente física, sino que actúa como coacción, como amenaza. Esa está representada en las funas, en los gritos en las marchas, en imágenes y circunstancias como el recordado “el que baila pasa”, que a estos caballeros le asemejó a lo que hacían los nazis con los judíos.

No admiten, en cambio, que, por ejemplo, los carabineros y las fuerzas militares también ejercen violencia: interrumpen el tránsito en calles y avenidas; realizan ataques indiscriminados con armas químicas; se llevan, personas, a la fuerza en contra de su voluntad, a comisarías o terrenos baldíos; golpean, insultan y empujan; abusan y violan a mujeres; torturan; hieren gravemente a ciudadanos o los asesinan. También estos son hechos físicos.

Tampoco consideran que existe una amenaza, un potencial de violencia, en los estados de excepción, los toques de queda, los controles de identidad, los patrullajes armados.

¿Cuál es la diferencia? Para los señores burgueses, lo que distingue la violencia de las fuerzas de seguridad o la ejercida por civiles a su servicio, no está en la realidad. Claro. Serán burgueses, pero no son tontos. Ellos saben que un bloqueo realizado por camioneros al servicio del gobierno interrumpe el tránsito tanto como un corte de ruta de vecinos que piden que se instale, después de años de accidentes, un semáforo en una esquina peligrosa.

La diferencia en que la violencia que les sirve a ellos es legal y es legítima. Y si fuera ilegal, es decir, “un exceso”, seguiría siendo legítima.

Por eso hay impunidad por los crímenes cometidos por las agentes del Estado. A los señores burgueses, en realidad, no les importa si un paco va preso, a condición de que se trate de un caso aislado. Si todos los delitos de Carabineros, en cambio, fueran investigados y juzgados, quedaría al descubierto la ilegitimidad de todo su sistema. Se sabría entonces que Carabineros es sólo una herramienta para ejercer violencia en contra de quienes se oponen a los intereses de la clase dominante.

En suma: no es la violencia real lo que les preocupa. Lo que los mantiene enfrentados y atemorizados, es la amenaza a su poder. Pero eso no pueden decirlo abiertamente. Plantearlo en público es, casi, dar por perdida la pelea.

Por eso, evocan la violencia, el vandalismo, el desorden, para traspasar ese mismo miedo a otros sectores de la población.

La usan como una especie de mito para que nadie se fije en el conflicto real que los tiene apabullados y temerosos.

No es verdad que la violencia popular, en noviembre de 2019, estuviera “a diez minutos de tomarse el Palacio de La Moneda”, como rememora espasmódicamente el ex-ministro Mario Desbordes. Y no es cierto que esa violencia abriera “las puertas del proceso constituyente”, según las disquisiciones del mentado profesor Atria, no “abrió la puerta” al proceso constituyente.

La violencia ejercida por las masas desde el levantamiento popular abre las puertas, no a un inmueble fiscal o un símbolo del Estado, no al juego político de los propios burgueses, sino al poder de los trabajadores, al poder del pueblo. Es una parte de su organización como clase, independiente, en efecto, de esos señores burgueses, es una parte de cómo amplifica el alcance de su poder y es, como para la burguesía los carabineros o los milicos, una herramienta.

La violencia de las masas, así entendida -es decir, como es en la realidad-, durante el levantamiento popular tuvo muchas formas. Pero hay algo que no se considera lo suficiente: estaba dirigida, incluso en sus expresiones más llamativas, como la quema de las estaciones de metro, a símbolos. La violencia amplificaba la manifestación del repudio al sistema. Y los choques directos con ese sistema eran defensivos, buscaban frenar a la represión.

La violencia de las masas real, no mítica, se condice con su grado de organización, de conciencia, corresponde al poder que puede ejercer. Y mientras más organización, más conciencia, más poder, más fuerza desplegarán las masas, ya no para enviar un mensaje, ya no para protegerse, ya no para infundirse ánimo, sino para acabar con este sistema.

En otras palabras, estos señores burgueses al construir el mito de la violencia se olvidan de una cosa elemental: no han visto nada aún.