Los políticos y sus lujos

Son otros tiempos para los políticos, entre “bueyes sí se dan cornadas”, no se respetan como antes y van develando esos pequeños detalles que los retratan como realmente son.

El delegado presidencial y ex intendente, Felipe Guevara, mostró detalles de los requerimientos que le hizo la avanzada del nuevo gobernador, Claudio Orrego, militante de la Democracia Cristiana. La disputa se originó porque señaló que Orrego pidió expresamente “que se comprara un sillón, un bergere de cuero, reclinable, excelente para dormir la siesta”. No tendría nada de especial, si no fuera porque cuesta cerca de un millón doscientos mil pesos. Uno y otro se recriminan, uno dice que no lo pidió, el otro que tiene los documentos. ¿Quién miente? Es difícil saberlo entre políticos.

En los políticos este tipo de excentricidades no es nada nuevo, lo diferente es que en la actualidad el ojo avizor de las personas está puesto sobre ellos y su conducta, por ese motivo es delicado cualquier vislumbre de corrupción o de derroche de dinero.

Los lujos no son bagatelas para los políticos, tal como lo vimos con la mansión que se había mandado a hacer con dineros estatales el dictador Pinochet, con la Casa de Lo Curro. O los gastos estratosféricos en propiedades de los políticos del congreso que detentan sus privilegios, por ejemplo, una diputada de la UDI que compró una casa de 532 millones de pesos en Lo Barnechea, entre otros muchos que con sus propiedades muestran su afición a los lujos. De la misma manera, los delincuentes, no se quedan atrás pues también detentan sus lujos, como se descubrió en Colina II donde ciertos prisioneros tenían celdas VIP, con televisores, refrigeradores, máquinas de ejercicio y sillones, mostrando su clase superior a otros internos.

En estos tiempos, no es bueno que los lujos estén a la vista, molesta, acarrea mala prensa. Ya no es tiempo de lucirse. Hoy es un estorbo. Un problema. Por eso, prefieren ocultar los lujos de los que antes hacían aspavientos de tener. Los siguen haciendo pero con cautela, aunque de vez en cuando sufren un traspié, como le sucedió a Orrego.